Mi relación con la música viejuna -no la popular, la otra- es extraña. Me gusta, pero no se si es porque no tiene estribillo, porque soy incapaz de recordar los números de las sinfonías o por puro rebote pero el caso es que rara vez la considero una opción cuando me detengo a escuchar música.
Eric Satie es una excepción.
Puede que sea porque en sus piezas se intuye un germen no-bakalao o porque asocio la Gnossienne Nº1 a ver Nosferatu con una fumada de espanto. O puede que se deba a una combinación de factores que bucean en las capas más profundas de mi mente. No sé, el caso es que me encanta.
No quiero divagar más, así que doy paso a las siguientes maravillas: las ya de por sí mesméricas Gnossiennes interpretadas por el hipnótico acordeón de Teodoro Anzellotti. Espero que las disfruten tanto como yo.